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[CRÓNICA] ¿Era o no era Bob Dylan?

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Bob Dylan en el Teatro Beacon, 2018

La página web del Teatro Beacon anunciaba que para el concierto no habría teloneros y que la puntualidad sería “altamente apreciada”. Después de tantos años, ese halo misterioso, casi divino, que siempre ha rodeado a Robert Allen Zimmerman, sigue intacto, sólo que ahora se ha transformado en una especie de culto nostálgico para la clase media progresista e intelectual de Nueva York. Ese recital era, pues, una reunión del hippismo sobreviviente, con todo lo que eso significa a estas alturas del siglo XXI.
Cuando Bob Dylan salió al escenario no pude reconocerlo. Y eso que yo, por una sola vez, había comprado los asientos más caros y cercanos que mi endeble economía me lo permitía. La iluminación estaba diseñada de tal modo que era muy difícil distinguir su rostro, sus muecas o incluso los movimientos de su boca cuando cantaba. Las contraluces formaban la clásica silueta de Dylan que todos conocemos, incluida su cabellera, venida a menos en estos casi 80 años de vida de este músico, cantante, compositor y poeta minesotano nacido en 1941.

Ya había escuchado los rumores sobre la actitud de Dylan en sus recitales: lejano, austero, pedante, casi aburrido. Como si estuviera obligado a repetir, por enésima vez, ese repertorio suyo que ya forma parte de la música popular y de la historia de la música en general. Por eso es que quizás les ha hecho arreglos tan distintos a sus canciones. Algunos muy cercanos al jazz o al country, y otros con un tempo diferente, que además le permite tararear o balbucear algunos de sus hits más memorables. Yo tuve que prestar mucha atención para reconocer algunas canciones cuando comenzó el show e interpretó las memorables “Things have changed” e “It ain’t me, babe”, acompañado de una banda sublime, concreta, salida de un western de antaño. Leer el resto de esta entrada »

Paseo melancólico con Edson Hurtado

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En el centenar de páginas que componen la historia de los Taitas del Beni, el escritor Edson Hurtado nos recuerda cómo nos une a todos, como seres humanos, la necesidad del amor, el sufrimiento por la partida, los deseos acumulados, el tercero en discordia, los besos no correspondidos y el llanto secular por no ser retribuido.

Iglesia de Trinidad Bolivia

Una tardecita, fatigada por la canícula y el polvo rojo, llegué a tropezones a un cuartito de madera al borde del camino a San Borja. Casi a horcajadas pedí algo de beber. Recién cuando el refresco helado aliviaba mi garganta, sentí detrás de mí el rasguito de unas guitarras y el coro amable de unos paisanos.
– ¿Hay fiesta?, pregunté ignorante. – No, señora, respondió el más joven. A los benianos nos gusta estar alegres y, mientras se pueda, así estamos.
Siguieron los coros de una balada desconocida. Pensé: que diferente tarde a mis tardes de oficina paceña, de frío y silencio. Allá, en la pausa de la siesta, la gente tenía más tiempo y más vida. Leer el resto de esta entrada »