Te gustaba estar debajo

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Te gustaba estar debajo:

                             de mis ojos
                   cuando huían mis lágrimas,

                             de mi boca
                   cuando volaba mi saliva.
Te gustaba estar debajo:

                             de mi pecho
                      cuando ardía mi sudor,

                             de mis caderas
                      cuando gritaba mi espuma.

Te gustaba estar debajo:
                             de mi sombra
                             de mi tango
                             de mi tristeza.

Te gustaba estar debajo:
                                   y yo,
                              no lo sabía.

 

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Sin tiempo ni humor

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Estos dias pasan bastante rápidos. Los hechos se suceden, uno tras otro, sin darnos la oportunidad siquiera a digerirlos por completo. No siempre es fácil estar de buen humor cuando hay sombras que pasan por los pasillos de mi casa. No es fácil sonreir cuando los murmullos, indolentes y belicosos, golpean “este corazon podrido de latir”.

El tiempo está fuera de control. Los celulares suenan a las 2 de la mañana y las novedades no son nada alentadoras. La madrugada llega con la incertidumbre ya característica de estos días. La inminencia de la locura se vislumbra junto a la aurora.

 Hoy no tengo tiempo ni humor.

Crónica de mi atraco

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Fue una tarde tan especial, que no recuerdo haber pasado otra similar hace ya mucho tiempo. Éramos tres amigos, compartiendo experiencias, vivencias, risas, y algunas cervezas. Como si estuviésemos condenados a reventar de alegría, decidimos dejar todas las demás actividades de ese día, para cualquier otro. Nos caímos del tiempo y, endulzados por “la rubia que nunca engaña”, nos miramos y nos alegramos de estar juntos y de compartir una amistad, que significa muchos logros y muchas esperanzas.

Las horas pasaron y poco a poco la noche fue tomando forma. Luego de varios viajes, idas, venidas, llamadas, y un “pique macho” delicioso, nos despedimos. Eran las once de la noche, y todo parecía que iba a terminar como uno de esos cuentos de hadas. Sin ningún inconveniente, y sin más rescoldo que el de un bello recuerdo. Cada uno tomó su camino y lo siguió hasta el fin. Aunque el único que no sabía cómo iba a terminar, era precisamente yo.

Debí haberme retirado en ese momento. Debí haber bajado los brazos en ese instante. Justo cuando las estrellas del cielo aún brillaban en el cielo. Pero no. La inmensa sed de mis adentros me obligo a seguir. El mounstrito que vive en mi pecho me pedía más y más. Más aventuras, más cervezas, más noche. Haciendo caso omiso a todas las señales, me negué a ver lo que estaba por pasar. Y, para variar, inconsciente en ese momento, tome una decisión, con la cual sellé mi futuro inmediato de una manera irreversible.

Después de algunas llamadas, salí de mi casa, previo duchazo y perfumada correspondiente. Alcancé a tomar un taxi al vuelo, y llegue a mi boliche en menos tiempo del esperado. Todo parecía desenvolverse de una manera natural. La noche era una noche más de sábado, y yo estaba predispuesto a bailar y pasarla bien. O al menos intentarlo. Las luces empezaron a volar por el aire y los cuerpos a moverse lentamente. De vez en cuando se acercaban y rozaban el mío, como insinuando la presencia del deseo en el ambiente. De todos los poros de todas las personas que allí estábamos, destilaba, como siempre, la libertad. Y como siempre, los unos de los otros nos nutríamos y nos alimentábamos, logrando de essa manera un círculo infinito en el cual sólo existía nuestro tiempo.

Aquí mis recuerdos se hacen más extraños, más vagos, menos convincentes. Todo pasa de manera muy rápida. La música se acelera, y los cuerpos se estrellan contra el mío, logrando que salga del lugar y me dirija hacia la calle de en frente. De repente, me doy la vuelta y sólo alcanzo a ver la patada que ya me esta botando al piso, unos dos metros más allá. Cierro los ojos y trato de incorporarme, y entonces siento un pie que se incrusta inmisericorde entre mis piernas. Vuelvo a caer al piso gritando de dolor. Y apretando los ojos y las piernas como nunca antes lo había hecho. Parece que no hay nadie alrededor. Al menos yo no alcanzo a ver a nadie. Cuando el dolor está entrando por mis venas unas manos ágiles entran en mis bolsillos y se llevan todo: teléfono móvil, dinero, cigarros e incluso mis llaves. Yo no opongo ninguna resistencia. “Que se lleven todo”.

Otra vez mis recuerdos se alejan de mí. Pero creo que no estuve mucho tiempo en el piso. Me levanté adolorido y confundido, como si hubiese estado en una licuadora. Unos de los taxis que pasaba por allí se detuvo y lo aborde inmediatamente.

Cuando llegué a mi casa, aún no recuperaba la lucidez, pero esperaba a que después de tanto tocar, alguien me abriera la puerta. Sólo después, en la tarde, cuando me sentí un poco mejor, pude hilvanar la historia que acabo de contarles.

Ante este suceso, me surgen muchas interrogantes y cuestionamientos. ¿Qué hacer en estos casos? ¿Cómo se enfrenta una situación así? Pero más allá de eso: ¿Qué podemos hacer ante estos hechos de violencia? ¿Se ha convertido nuestra ciudad en un nido de maleantes y asaltantes? ¿Tendremos que dejar de salir a divertirnos? O simplemente tendremos que tomar más precauciones y no abusar de nuestra buena estrella.

Anécdotas, comentarios, crónicas propias, opiniones. Todas serán recibidas con mucho agrado.

Se inicia

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Bienvenidos a este que será mi nuevo hogar.

Desde aquí construiremos ciudadania, libertad y buscaremos respuestas a preguntas, sobre todo existenciales.

Comenzamos con una cita de Julio Fucik:

Que la tristeza jamás vaya unida a mi nombre”.

Bienvenidos.