Sobre el hecho de escribir

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Maquina de escribir
“Es el hecho de escribir lo que causa satisfacción y cierta tranquilidad”, dice el autor.

Escribir, como decía García Márquez, sirve para “explicarse a uno mismo lo que no se puede explicar” y en ese sentido, la literatura que escribimos nos mueve y nos induce a reflexionar o, en el mejor de los casos, a abrir los ojos ante nuestra realidad.
Sin embargo, un estadio previo a esa catarsis es el hecho físico de escribir. El momento cuando tomamos el lápiz, la libreta de notas, apretamos las teclas de la vieja máquina de escribir o encendemos la computadora más moderna y comenzamos a derramar letras que forman palabras, y frases que luego se transforman en párrafos que después sirven para construir una idea, describir una situación o tratar de explicar lo que vemos y (creemos que) los demás no. Esa acción, ese movimiento del lápiz, de los dedos sobre el teclado, de los ojos comprobando los símbolos, es lo que me parece realmente fascinante: el impulso fisiológico, casi animal en algunos casos, de escribir a pesar de todo, en cualquier lugar y sobre cualquier soporte.

La historia de la evolución del ser humano así lo demuestra.

Escribir poesía, por ejemplo, siempre me ha parecido un hecho casi mágico que no tiene comparación. No por el contenido o la calidad de los poemas, tanto como por la idea de que quien escribe lo hace obligado por una fuerza invisible a la cual hemos llamado desde hace milenios “inspiración”.

Es, en todo caso, una reacción natural a un estímulo, a una visión, a un sueño, a una situación o a un recuerdo que nos persigue, nos agobia y nos amenaza tanto que debe transformarse en palabras para salvarse, y salvarnos a nosotros también. La poesía fluye como el sonido de un río manso en primavera. Algunas veces se queda en casa pero casi siempre está de paso. Como los amores, los ardores o los desertores. Nos trae susurros de otras tierras, de otros cuerpos, de otras almas y se lleva nuestros naufragios y nuestras lágrimas. Escribir poesía siempre es un acto liberador. Como romper cadenas, como cerrar los ojos y saltar al vacío. El poeta se arquea, no puede con el peso de su inspiración y debe escribir para aliviar el dolor de su espalda, que es el reflejo del dolor de su alma. Así, escribe en el bus camino al trabajo, en el café mugriento de un barrio bohemio venido a menos, en su tiempo libre en la oficina mientras merienda al final de la tarde, en el banco de una plaza cualquiera sobre una servilleta arrugada que encuentra en su bolsillo. Es el hecho de escribir lo que, primordialmente, le causa satisfacción y cierta tranquilidad.

Escribir
Hurtado: “Quien escribe se entrega, se deshace, se transforma y se hace uno con su obra.”

Escribir cuentos, en cambio, es una tarea mucho más ajetreada. El cuentista sabe que el orden y la cantidad son primordiales. Sobre todo el orden. Le tiemblan las manos y no puede dejar de mover los pies. Se levanta, hace anotaciones, busca palabras, adjetivos, sinónimos. Tacha párrafos enteros, construye frases, inserta palabras. Se levanta de nuevo y recuerda una historia que le contaron de niño. Vuelve a la silla y la escribe a prisa. Luego no le gusta y se deshace de ella. Después la transforma en una metáfora y la usa para describir la personalidad de uno de los protagonistas de su cuento. Otros personajes aparecen por defecto, por esa inercia que el género posee, y que el cuentista acepta con parsimonia, como si no tuviera más remedio. Pero lo que realmente le emociona es la cuadratura, los tiempos y las anclas que observa cuando relee su escrito. Nunca queda satisfecho, eso sí, y casi siempre vuelve a la misma página para seguir torturándose hasta conseguir el final ideal.
El hecho de escribir, entonces, es para algunos un desahogo, un ritual o una catarsis. Se convierte en un elemento trascendental que marca al autor, lo hiere o lo alivia, y le permite crear un pasadizo que su alma atraviesa, como caballos salvajes en busca de una sabana más grande. En algunos casos la escritura deja secuelas, cicatrices, marcas imborrables que acompañan al autor durante la creación del texto, y luego se cuelan en la historia y se mimetizan con los personajes.
Quien escribe se entrega, se deshace, se transforma y se hace uno con su obra.

Edson Hurtado

New York, febrero de 2018

(Fotos: Internet)

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