VALLEGRANDE, POESÍA Y FIESTA

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Las orillas del país

Los tres me esperaban al salir del Aeropuerto Viru Viru. Edson Hurtado, el biógrafo de “Los Taitas”, recogió mi maleta para dejarme disfrutar tranquila la brisa que aliviaba la tempranera canícula. Me presentó a su hermana, Noelia, y al poeta Oscar Gutiérrez Peña, “Puqui”.

Lupe Cajías visita Vallegrande
Juntos viajamos a Vallegrande. La presentación del libro “Letras Vallegrandinas”, preparado por Edson, era el motivo manifiesto. Por algún sortilegio, que ninguno alcanzó a desentrañar, desde que entramos al vehículo, desatamos los cuentos y cuentas de los antepasados, de los enamoramientos propios y ajenos, de las más oscuras tristezas y de los tiempos de fiesta.
Inclinados como ante un confesionario, hablamos entre extraños, con la seguridad que el otro era un alma gemela, un espejo cóncavo y nacarado para reflejar en verso o en prosa la vivencia del otro, en la escuela, en la plaza, en el alma.
Dejamos el alboroto turbio de la ciudad para desplazarnos al noroeste, hacia los valles mesotérmicos del Departamento de Santa Cruz. No había gasolina en los primeros pueblos del recorrido, La Guardia, el Torno y nos asustamos hasta que divisé un letrerito oculto, casi clandestino: “se vende gasolina” y nos colamos como cómplices de un desorden nacional.
Dejamos atrás fábricas industriales y oficinas inmensas, rodeadas de jardines cuidados, tan diferentes al altiplano. Letreros privados invitaban a la piscina, al churrasco, al descanso. Se sucedían, veloces, fincas y propiedades preciosas, luminosas bajo las palmeras y con los setos de lavanda o mantilla española, rojas, rosadas.

Más allá, el valle se abre bajo la sierra. No alcanzan los adjetivos para diferenciar la multitud de verdes, los claros, los oscuros, los bosques, los álamos, los azules, los ennegrecidos, los brillantes de hojas lanceoladas, los cortos helechos; la maleza esparcida.

Es seguramente una de las rutas más bellas del inmenso territorio boliviano. Una moderna carretera, la más antigua entre las rutas asfaltadas, avanza por los pueblecitos desparramados a sus orillas. Significativa relación con la propuesta nacionalista de los años cuarenta y cincuenta para unir al oriente con el occidente, para la ampliación de las fronteras internas.
Edson recuerda los días de la siembra de la papa. La partida con los padres, los hermanos, los familiares, los preparativos para las meriendas vespertinas, los pies descalzos, los juegos, las riñas, los sustos. Poeta, sus palabras se unen cantarinas, perfectas, para decir sin pronunciar lo invisible, el miedo, la esperanza, la diferencia.

Lupe Cajías recibe reconocimiento en Vallegrande
Hacia Samaipata, los árboles se acercan más a las orillas y las curvas circulan en un clima que deja de ser tropical mas no es frío. Un pavo real cruza por el camino. Traza poemas Puqui, la sorpresa de encontrar ese plumaje de azul petróleo intenso y los ojos en la cola abierta como abanico, en una mañana que ayer nomás fue de oficina, de ajena computadora, de rutinas. Hoy no. Hoy es de asombro.
Se acuerda de su abuela, de su madre, de sus tías, del padre lejano, de los tumbos de la vida. Recita a la amada, los versos eróticos que describen su cuerpo desnudo, su piel como la grama que vimos, sus colinas abrigadas tan perfectas como las que acabamos de subir, las piernas largas como el musgo de esos muros y las ruinas como todas las ruinas, misteriosas. El autor del poemario a la ciudad de los anillos es, además, declamador exquisito.
Nos aproximamos al fuerte precolombino, recordamos a los nativos y, sin reparar en los saltos del tiempo, uno cita al Diario de Campaña de Ernesto Ché Guevara, cuando los guerrilleros buscaron medicinas en Samaipata. Yo digo: “tengo hambre, sé de un sitio”.

Almorzamos en un local fusión, de una cochabambina y de un gringo, con platillos agridulces como sirven en Bangladesh, junto a hortalizas típicas de la zona aromatizadas con frutillas, almendras y tamarindos.

Noelia lee el programa para la presentación de la noche de la antología reunida por Edson con los literatos, historiadores y dramaturgos nacidos en la tierra de nombre medieval: Jesús y Montes Claros de los Caballeros de Vallegrande, que cumplió 400 años de fundación.

Presentación del libro "Antología de las letras vallegrandinas" en Vallegrande
Mientras volvemos a la ruta y nos acercamos a las plantaciones de tabaco en Mairana, ella se acuerda de su tía que fue alcanzada por un rayo. “Una centella”, aclara el hermano, “quizá estuvo muerta por unos ratos, la reavivó mi padre corriendo con la niña en brazos, chamuscado el vestidito de sus tres años, los pies quemados”. Al llegar al portón paterno, abrió los ojos y arrojó por cinco días seguidos azufre, olor que la persiguió a pesar de las misas y de las medicinas.
Siguieron los detalles de la mítica vida de esa mujer partida por un rayo, de las pesadillas de los niños, de las alucinaciones y de los ritos. Realismo mágico.
Yo también cuento de relámpagos, de los adivinos y de las curaciones con puras hierbas, de mi madre, de mi padre, de las abuelas y de los duelos fraternos.
De la sombra, sale la memoria del poeta local Neftalí Morón de los Robles que se cantó a si mismo. Nombramos a Hernando Sanabria, a Manuel Vargas, a Paz Padilla, mientras pasamos por Mataral, por los caseríos.
Puqui cita a Octavio Paz de memoria y a Gustavo Cárdenas, el impecable narrador vallegrandino.

Lupe Cajías en Vallegrande
Llegamos a El Trigal y Oscar quiere encontrar a sus tíos. Abre el portón de la casa pueblerina, la antigua balanza del estanco de tabacos. Dos ancianos nos invitan a pasar por el jardín de árboles frutales y rosas blancas. Al fondo, los poyos bajo la sombra, el horno de barro, las ollas ennegrecidas, los fardos de maíz.
En Vallegrande, el municipio apoya la cultura y auspicia el acto literario. Un empresario vallegrandino ayudó a editar el libro. Me declaran Huésped Ilustre. El pueblo felicita a Edson, tan joven y con cinco libros publicados. Entre el público está el poeta mayor, Pastor Aguilar, quien me dedica una copla carnavalera. Adhemar Sandoval Osinaga, literato e historiador, consigue mostrarnos los problemas sociales de Vallegrande.
Encontramos a los amigos del pasado carnaval. Nos acordamos la comilona, la embriaguez con licor de membrillo, la fiesta en la plaza, el lunes campestre y los guitarreros incansables.
Volver otra vez. Siempre volver a Vallegrande, a los 17, a los 27, a los 57 años, bachiller, periodista, autoridad estatal o jubilada, sé que el asombro seguirá igual.

LUPE CAJÍAS
NOV. 28 – 2012

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2 comentarios sobre “VALLEGRANDE, POESÍA Y FIESTA

    julian camacho vedia escribió:
    mayo 19, 2014 en 8:05 pm

    como la madre

    Anónimo escribió:
    febrero 9, 2016 en 2:39 pm

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