A mí nadie me nada, porque nadie me nunca

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Nuestra sociedad ha demostrado, una vez más, que prefiere el caos organizado en el que vive, olvidándose por completo de la urgente necesidad de orden, organización y respeto. Pilares fundamentales que sin duda alguna nos plantea como desafío utópico este nuevo siglo que apenas comienza.

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Parece que a nadie le interesa organizarse, y mucho menos que alguien los organice, los regule, les ponga límites. Esto es fácilmente comprobable cualquier día, mirando la televisión, escuchando la radio o leyendo el diario. “Los gremialistas del Mercado La Ramada, rechazan el reordenamiento propuesto por la Alcaldía”, “Periodistas y dueños de medios, de todo el país rechazan cualquier tipo de Ley que los regule”, “Vendedores ambulantes protestan ante intento de formalizar su actividad”, “Chóferes y dueños de micros, toman como rehenes a los concejales que habían pensado en el reordenamiento vehicular”, “Todo el mundo rechaza la nivelación de precios de los carburantes”.

Nadie, absolutamente nadie quiere cumplir leyes, acatar ordenanzas, tratar de entender una medida o seguir simples normas básicas para mejorar la su calidad de vida y la de los demás.

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Preocupa de sobre manera la parsimonia con la que vestimos nuestra impotencia al ver la desfachatez de algunos bárbaros inconscientes, que no dudan ni un momento en bloquear la entrada al Botadero Municipal, poner su puesto de venta en cualquier acera pública, estacionarse en cualquier lado o negarse a cumplir una ley que apunta a establecer mínimos espacios de convivencia pacífica. El espacio que uno ocupa es de uno mientras esté ahí. Y nunca dudamos en abusar, explotar o aprovecharnos al máximo de la situación que nosotros creamos únicamente para nuestro beneficio.

Estamos sumergidos en una anarquía consensuada y a la cual nos negamos a cuestionar porque a la mayoría nos conviene que se quede tal y como está.

Las coimas en Identificación y Aduanas, las facturas truchas que presentamos todos los meses, la basura que botamos todos los días, e incluso la mala educación que recibimos desde los medios/empresas de comunicación. Ni por si acaso asoma en el horizonte esa autoridad, ese Alcalde, ese Gobernador que esté dispuesto a poner orden, a usar una mano dura para generar cambios urgentes y trascendentales, en un país que está a un paso del desbarajuste generalizado. No hay políticas claras, y no se han diseñado planes serios para, en vez de crear conflictos, se puedan extender lazos de acercamiento y diálogo permanente.

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Es tan increíble la situación, que las autoridades poco a o nada pueden hacer frente a este monstruo de sociedad, que ellos mismos han creado. El laberinto de las ciudades, con sus inmensas necesidades y sus reclamos, es directamente proporcional a la telaraña burocrática de un Estado que no ha planificado jamás, ni a mediano ni a largo plazo, el modelo de país que quiere alcanzar. Vivimos improvisando cada día, y destruyendo cada noche lo poco erguido en la jornada. La unidad nacional ya ni siquiera se refleja cuando juega nuestra selección, que pierde cada vez con más frecuencia de la que gana. Hay que decirlo: estamos mal. Y todo indica que seguiremos empeorando.

Artículo escrito para Semanario Uno.

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