Derecho a la tristeza

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Cuando visité Colombia por primera vez, conocí a una mujer extraordinaria, con la cual pude compartir momentos inolvidables. Coincidiendo en el mismo hotel de Bogotá, entendimos que el azar no había jugado todas sus cartas en nuestro encuentro.

Atardecer en Cartagena-Colombia
Gilka Resende era también periodista y trabajaba en un proyecto comunitario de comunicación en las favelas de Rio de Janeiro. La identificación fue mutua desde el mismo instante en que nos vimos, y a pesar de que sabíamos que nos quedaban pocos días juntos, decidimos hacer de ellos, fotográficos instantes para nuestra memoria.

Una semana después de recorrer Bogotá de día y de noche, de trabajar juntos y de nuestros  frustrados intentos de entrevistar a miembros de las FARC, decidimos unir agendas para compartir unos días en la playa.

Así, ella partió hacia Antioquia  y yo hacia Santa Marta.Cuatro días después nos encontramos en Cartagena, tomando el sol, con una cerveza en la mano, mirando el indescriptible atardecer de un Caribe que nos daba la bienvenida.

Y entonces la magia terminó. Poco a poco la emoción del descubrimiento primero y del hallazgo primordial dejó de brillar, y lo que en un principio nos movió a compartir sonrisas, se transformó en una especie purgatorio en donde aparecieron, con el transcurrir de los días, los más ocultos sentimientos que cada uno llevaba dentro.

Caminando en la playa de Cartagena-Colombia
Extrañamente coincidieron nuestras dudas existenciales,  y esos desamores andrajosos que se arrastraban detrás de las sombras, huyendo de  la  vana esperanza de encontrar algún día, por lo menos, una respuesta a las tantas preguntas que por esas noches nos agobiaban.

Estuvimos juntos solamente tres días, pero en esas inolvidables jornadas pudimos conectarnos en un nivel excepcional. No hablábamos mucho, pero ciertamente nos enlazamos en profundos aspectos relacionados al corazón. No fue amor. No fue una aventura.

Nuestra relación se asemejaba a la de los pescadores que, antes de que salga el sol se encontraban con el mar, y en esa situación podían entender la nimiedad de su existencia.

Y nosotros entendimos, la pequeña, pero extremadamente sensible situación en la que habíamos coincidido.

Una tarde, mientras caminábamos por la playa, decidiendo el lugar de la cena, Gilka me dijo: – “Mira, esos turistas riendo. ¿Serán realmente felices?” Yo no supe qué contestarle pero intuí cierta tristeza en sus ojos, que como un tatuaje, la acompañaría toda la vida. Por un momento creí verme a mí mismo, pero pronto la brisa del mar me quitó esa sensación.

Atardecer en Cartagena-Colombia
Seguimos caminando al costado del mar, dejando atrás a los bulliciosos visitantes, y nos sentamos en la arena a contemplar la caída del sol. Esa fue nuestra última noche juntos. Al día siguiente ella partía hacia las montañas del Valle del Cauca y yo regresaba a Bolivia. El pescado de la cena tenía un extraño sabor a despedida, a saudade, como dicen los brasileros. En el último vino que nos tomamos, y con la mirada errática, Gilka me dijo: – “¿Sabes? La tristeza debería ser un derecho”.

Tenía tanta razón.

A veces, el ejercicio libre de la nostalgia no debería ser controlado por un mundo que está tan acostumbrado a gastarnos bromas pesadas. Y a pesar de eso, y en medio de tanta saudade, quedará siempre un espacio para sonreír y recordar a las personas que dejaron huellas imborrables en nuestras vidas.

Artículo escrito para: Semanario Uno

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Un comentario sobre “Derecho a la tristeza

    Claudia Guaristy escribió:
    noviembre 22, 2010 en 7:09 pm

    Así es mi querido amigo, me reencuentro en tus palabras y tu experiencia! un abrazo, ClauG.

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